Encalando

Cuando el frío y las heladas dejaban paso a la primavera, el día se hacía más largo y el buen tiempo era presente, era entonces cuando las mujeres de Atea tenían la costumbre, la manía o la tradición en que se debía pintar.
¿Encalar el qué? Lo que hiciera falta, aunque solo fuera únicamente pintar la pared del hogar; pues con tanta lumbre para cocinar, la pared quedaba negra, teniéndose que blanquearse con cal.
Para tal función se necesitaba la materia prima, la cal, que era comprada a unos comerciantes que por mediación de carros, transportaban entre sus clientes este mineral. Pero anteriormente, los mulos con los serones llenos a rebosar cargaban este mineral desde Cubel y Langa, recorriendo las calles y plazas de los pueblos para vender su mercancía. La distancia recorrida desde el punto de partida hasta Atea debía ser alrededor de unos 21 Km ., y el camino no es del todo llano, ya que hay algún que otro repechón.
La gente que compraba la cal necesitaba una arroba o media. Una arroba aragonesa creo que son 12 Kg . Esta cal viva se vendía en terrones como si fueran piedras, las cuales se debían poner en unas tinajas para mezclar con agua. Una vez los terrones se deshacían y hervían, debían quedar en reposo unas 24 horas. Al día siguiente, ya podía utilizarse.
Para evitar que la abuela no se ensuciara las sayas al arrimarse a las paredes, las mujeres aprendieron con el paso de los años que debían echar un puñado de sal a la cal para evitar que una vez seca la pared no untara. También añadían a la cal un poco de azulete (polvos que se usaban para lavar y blanquear la ropa) porqué les gustaba más el color que cogía la cal.
Entre vecinas, las mujeres se ayudaban. Subidas en una vieja mesa o en una silla, blanqueaban las paredes con un cepillo o brocha que compraban. A veces estos pinceles bastos se los hacían ellas con el pelo de las caballerías, que se guardaban cuando éstas las esquilaban. En algunos casos, también se utilizaba como pincel una escoba vieja y muy gastada. No es necesario decir que si una gota de cal te iba al ojo, veías las estrellas en un día de sol.
Por los años 1955, conocí en Atea a un artista que se llamaba Julio Gracia Anadón. Cuando el trabajo del campo lo permitía, se dedicaba a ir por las casas que previamente habían solicitado sus servicios para encalar. Este señor ya conocía como se debía trabajar la cal y usaba brochas adecuadas para encalar. Desde el suelo, y con las brochas atadas a un palo largo, dominaba todos los altos, ya perfilaba alguna cenefa para separar la pared del techo, pintaba arrimadores de otro color, zócalos, etc.
Todos sabemos que la cal, aparte de ser un desinfectante, blanquea, endurece y protege la pared. Con la llegada de los nuevos productos de pintura, la cal prácticamente ya no se usa; pero el olor a limpio y refrescante que sentías al entrar a una casa recién encalada ya hace muchos años que no la siento. Y si alguna abuela lee estas cuatro líneas, convencido estoy que me dará la razón.

Venta de Cerdos

En los primeros días de noviembre ya aparecían por Atea las primeras manadas de cerdos de piel blanca. Eran conducidos por una serie de personas que en sus vestimentas destacaban unas camisas negras y largas. Recorrían los pueblos enseñando sus animales para ser vendidos en las plazas. En Atea concretamente, el intercambio se hacía en la plaza del Paso.
Recuerdo que estos cerdos eran muy jóvenes; debían tener entre cuatro y seis semanas de vida. Su precio oscilaba alrededor de 16 duros (un duro tenía un valor de cinco pesetas), precio que, según mi información, deberían ser por los años 45.
Muy antiguamente, estos señores junto con la manada de cerdos llegaban por caminos y senderos. Por la parte de Huesca, venían unos comerciantes llamados Los Sedales. De Calatayud venían otros conocidos como Los Rayoes, pero el que tenía más nombre era un comerciante, también de Calatayud, llamado “el tío mal Genio” debido a su fuerte carácter en el momento de negociar el precio final del cerdo.
Con el paso del tiempo, estos señores ya se desplazaban de pueblo en pueblo en carros y en pequeños camiones hasta que los vendían todos. Su procedencia solía ser castellana (Burgos, Valladolid, Guadalajara). Como es lógico, los mejores ejemplares eran los primeros en venderse, pero también deberían ser los más caros. Cuando se vendía el último animal, que debería ser pequeño y delgado, decían que se habían quedado con la zurriega del guía de la manada (un palo largo y delgado con una tira de cuero que servía para arrear y dominar a los cerdos). El humor también estaba presente en esos tiempos tan difíciles.
A partir del mes de marzo, llegaban otras manadas de cerdos colorados que procedían de la zona de Extremadura. Tenían mucha grasa y poco jamón, todo lo contrario que el cerdo blanco. Engordaban muy rápidamente y alcanzaban los 80 ó 90 kilos; a partir de ese peso, costaba mucho que engordasen más y no resultaba rentable su alimentación. Como se sabe, estos animales se compraban para el engorde. Durante todo el año vivían en las chozas que había en los corrales de cada casa y se alimentaban principalmente de las sobras y desperdicios de las casas: peladuras de patatas cocidas, toda clase de fruta, remolacha, etc.
En las casas con mayor solvencia económica compraban varios cerdos, pero lo más normal era el engorde de solo uno. Después de más o menos unos doce meses de comer, engordar y dormir plácidamente, algunos tocinos alcanzaban un peso extra de 18 arrobas (cada arroba tiene 12 kilos). Hagan ustedes mismos la cuenta. Había en alguna casa que cuando mataban el cerdo se vendía un jamón para así poder pagar las deudas que habían contraído en la compra de pienso (salvado) para engordar a nuestro personaje.
Todas las manadas pernoctaban en las posadas que había en los pueblos y que tenían locales apropiados. En Atea había dos posadas: una en el barrio de las Bodegas llamado del “tío Palizas” y la otra en la plaza de la Iglesia de la señora Pascuala (de esta gran mujer y su posada ya hablaremos en otro episodio).
A septiembre se le acababan los días y a mi se me agotaban las vacaciones escolares. Recuerdo a unos vecinos de mi abuela que se les murió por estas fechas el tocino después de varios meses estando alimentándolo. Yo no entendía por mi corta edad los lloros y lamentaciones de aquella gente por la muerte de un animal. Más adelante, cuando ya crecí, lo comprendí.

El Apoto

Se llamaba Domingo García, pero todos le decíamos “El Apoto”. Fue un personaje popular que convivió entre las gentes de Atea. En su cabeza, un día se le debieron mover los muebles afectándole en su actitud, ya que él vivía en un mundo normal, pero diferente para los demás.
De estatura normal pero de fortísima corpulencia, sus brazos, al igual que su pecho, siempre descubiertos nos mostraban una piel morena y curtida por el sol y también por el frío. Su cabeza estaba poblada de unos largos cabellos, ya de color ceniza igual que su barba, larga de varias semanas o quizás de meses sin pasar por la barbería de mi tío Jesús.
La gente lo aceptaba tal como era, aunque todos pensábamos que estaba un poco modorro. Pero analizando su forma de proceder, quizás su cerebro no estaba tan deteriorado como todos pensábamos: las camisas que llevaba les cortaba las mangas porque quizás le estorbaban (¿cuánta gente hoy va por la calle con camisetas sin mangas?); los pantalones azules apedazados y descosidos estaban sujetos a su cintura con una pequeña cuerda (¿quién no ha visto a la juventud pasearse con unos tejanos rotos y descosidos?). Calzaba unas albarcas muy gastadas y en sus espaldas, aunque fuera verano, colgaba siempre una pequeña manta que la debería utilizar para proteger su cuerpo cuando se desplazaba al bosque en busca de leña.
Cuando iba a la fuente a llenar el botijo de agua y éste ya estaba lleno, las mujeres que se esperaban para llenar sus recipientes le decían entre sonrisas: “¡venga Domingo, sácalo que ya lo tienes lleno! Y él les contestaba: “déjalo un poco más, así se aprieta más”. Quizás él entendía que al circular el agua por el botijo, ésta limpiaría el fondo de posibles sedimentos o lípidos que lleva el agua.
Tenía un miedo terrorífico a los cohetes, ya que cuando los sentía se escapaba corriendo. Los chavales le tiraban por la gatera de su casa algún petardo y enseguida se subía al granero, donde tímidamente sacaba la cabeza por la ventana (tengo que admitir que a mi personalmente también me dan respeto).
Cuando se decidía ir a la barbería del tío Jesús, éste no le cobraba. Pero al cabo de unos días, se presentaba con un saco de piñas del bosque para que se calentara en el invierno. Esto nos demuestra su gratitud y sus buenos sentimientos.
Domingo tenía una hermana que se llamaba Josefina que vivía en la plaza de la iglesia. Ella le ayudaba en todo lo que él se dejaba ayudar. Domingo se ganaba la vida con algunos jornales que la gente le daba para la vendimia, siega, etc., y algunos encargos de traer fajos de leña del bosque o sacos de piñas. Él cargaba en sus espaldas quizás más que un burro debido, como hemos comentado, a su gran corpulencia y fuerza. La gente y los vecinos también le ayudaban dándole hortalizas de los huertos.
Su presencia daba respeto entre los chavales, pero no miedo. Nunca en los veranos que me pisoteé Atea oí decir que el Apoto había creado problemas ni discusión alguna.
Que nadie piensa que saco a la luz sus defectos, sino todo lo contrario. Él no tenía su cabeza centrada, pero convivió como uno más de la ciudadanía de Atea.

El Pilón 

No te pongas tonto que vas de CABEZA AL PILÓN!! Ésta era una frase típica y repetitiva que se pronunciaba cuando de niños nos discutíamos por cualquier tontería o contradicción. En aquellos tiempos que todo era de color de rosa, justo habíamos empezado a caminar por la vida.
El pilón que yo de pequeño conocí estaba ubicado en El Paso,
entre la fuente vieja y la fragua del Sr. Guallar.
Era un abrevadero más bien alto y alargado,
por el cual podían beber varios animales a la vez.
Una vieja pared de barro y piedra cerraba su entorno
y por detrás de ésta, había unos huertos.
El agua provenía de la fuente nueva que, subterránea,
cruzaba la plaza y supongo que debería pasar por la fragua,
saliendo a la luz por el pilón o abrevadero.
El agua sobrante se perdía por el barranco de Rigachuelo.
En tiempos ya lejanos, más o menos por detrás del antiguo
estanco de la Sra. Pilar y del Sr. Antonino, había una vaquería.
Según comentarios, estas vacas cada día salían de paseo
cruzando las calles para beber al Pilón.
Los tratantes de mulas que periódicamente venían a Atea
a vender su caballería, dejaban a pernoctar sus animales
en la posada de la Sra. Pascuala (en la plaza de la Iglesia),
la cual tenía unas magníficas cuadras. Al atardecer,
cuando por La Plaza del Paso creo que era la “hora punta”
y los hombres en corrillos comentaban plácidamente sus opiniones, las mozas salían a hacer algún recado, comprar o ir a la fuente a buscar agua y así, de paso, hablar con algún pretendiente. Entonces estos comerciantes de mulas sacaban a beber al Pilón todo su ganado, para que los posibles compradores se fijaran en alguna mula que les gustara para ayudar en las tareas del campo.
Con la llegada del motor y los tractores, El Pilón perdió actividad. Según me comentó Roberto Tornos, pasó a ser un lavadero, pero en 1995 la naturaleza nos obsequió con una gran riada y al reformar la Plaza del Paso para evitar daños en sucesivas riadas , se modificó el "parque de los columpios " y se derribó la fragua de los hermanos Guallar y el lavadero... , borrando un montón de recuerdos y de historia.

Ya lo saben, no me discutan este escrito porque sino van de CABEZA AL PILÓN!!!

 

Caza de pajarillos

Recuerdo aquellos veranos largos y calurosos de los años 55-60. Con un sol descarado y brillante, las tardes se hacían largas y había tiempo suficiente para todo. En esa época, los críos no teníamos ni televisión, ni consolas, ni vídeo-juegos. Por no tener, casi que no teníamos pelotas para jugar un rato. Se dice que las bicicletas son para el verano, pero éstas, para nosotros, eran solamente un nombre que se encontraba en alguna página del diccionario. Sin embargo, la falta de todos estos juguetes no era para nosotros motivo suficiente para que nos aburriéramos; si no todo lo contrario, nos lo pasábamos bomba.
Muchas tardes íbamos a bañarnos en las balsas de los huertos; eso sí, en porreta para que los padres no se enteraran. Otras tardes íbamos a buscar nidos entre la maleza y en los árboles, para coger a los pajarillos de pocos días y ponerlos en la cárcel para toda la vida, solamente para escuchar el refilar de su canto. No todos los pajarillos soportaban el encierro, por lo que se había de conocer el ave a encarcelar.
Otras tardes nos dedicábamos a la caza de gorriones con cepo. Previamente, buscábamos entre los hormigueros la hormiga grande, o sea el hormigón, que se guardaba en una lata. Ésta servía para ponerla en el cepo como reclamo para los gorriones, que les encanta este aperitivo. Con mucho cuidado tapábamos los alambres del cepo, tan solo dejando visible el voltear de las alas del hormigón. Escondidos a unos metros de distancia, solamente teníamos que esperar a ver si picaban.
Teníamos también otro sistema curioso para cazar gorriones, aunque era bastante laborioso. Primero buscábamos los lugares donde acudían a beber y los cazábamos mediante el bresque. El bresque es una cola que la produce una planta llamada usillos. Recién brotada, esta planta es comestible y de buen sabor en las ensaladas. Cuando la planta crecía y maduraba, se arrancaba y en el tronco de la raíz había unos pegotes que parecían tierra, pero en realidad eran goma. Para conseguir el bresque, estos pegotes se hervían con agua, añadiendo pez, unas gotas de aceite, etc. Se tenía que ser un poco experto para conseguir una cola ni demasiado espesa ni demasiado clara.
Una vez obtenido el bresque, se preparaban unos juncos de 30 a 40 cm , ni muy delgados ni muy gruesos, para ser untados con la mencionada cola. El día anterior a la caza, preparábamos la zona escogida para poner las trampas: se limpiaba su entorno de piedras y ramas y colocábamos a lo largo del riachuelo los juncos untados de cola encima de unas piedras no mayores a cuatro o cinco cm. Con este procedimiento, formábamos una pequeña muralla donde los pájaros, para poder llegar al agua para beber, no tenían más alternativa que pasar por debajo de los juncos encolados. Una vez caían en la trampa, quedaban enganchados al junco y no les permitía volar.
Éramos crueles con los pajarillos, pero es que el hombre a lo largo de la historia siempre ha tenido esta tendencia de cazar. Antes para sobre-vivir y ahora casi por afición.

La Fragua

Las mulas han sido y son animales importantes que, con sus facultades, siempre han ayudado al hombre en muchos trabajos.
Casi en todas las casas de Atea tenían un animal para las tareas del campo y de la casa. Las familias más humildes contaban con un “borrico”; otras con más solvencia ya tenían un par de mulas, como en las casas del sr. Mateo, la sra.Margarita, el sr. Pepe, Sr. Galindo, Nieves Lorente, entre otras. Haciendo memoria, destacar la casa del sr.Martín que debido a sus propiedades, esta ya contaba con tres pares de mulas.
Estos animales debido a su trabajo diario y constante debían de acudir a la zapatería cada 30 ó 40 días, o sea a la fragua, lugar donde el sr. Herrero arreglaba las pezuñas o cambiaba la herradura. De este modo, el sr. Herrero era considerado una persona no importante sino imprescindible en la vida cotidiana de los pueblos rurales, en este caso Atea.

En mis años de pantalón corto, conocí a dos fraguas que estaban ubicadas en la plaza del Paso que trabajaban individualmente. Creo que eran familia, los señores Antonio y Enrique Guallar. Aparte de herrar a los animales, también se dedicaban a afilar barrones para arar y a otros trabajos relacionados con el hierro.
En esa época tenían tanta importancia las mulas que escuché el comentario que hacía un médico, el cual tenía nociones de veterinaria, que cuando una persona llamaba a su puerta solicitando sus servicios, él ya sabía si era para un enfermo o bien para una mula.
Como las fraguas estaban en el Paso, era fácil que los hombres, una vez acabada su jornada de trabajo, se acercaran a ellas como punto de reunión para hacer algún cigarrillo y charlar sobre los problemas del campo, el tiempo o algún rumor de que han visto a fulanito rondando por un barrio donde vivía alguna moza casadera.
Justo por detrás de la fragua vivía el tio Vizarraga, una buena persona y una gran familia. Hace tiempo que perdí el camino de sus nietos. Delante de su vivienda, donde por la parte derecha del dibujo vemos una fachada estrecha con tres aberturas, un día de mayo de l948 nacía un servidor.

El Peletero

Cuando en las casas se mataba un conejo, y no todas las semanas, las mujeres a este animal le sacaban la piel para luego venderla, trabajo fácil pero hay que saberlo hacer pues tiene su sistema para sacar la piel entera, y que él cuerpo del conejo no se rompiera, piel que después se colgaba en un clavo de alguna viga cerca de la ventana del granero para que se secara.
Curiosamente la parte interior de la piel, esta se untaba con ceniza del hogar, porque la ceniza tiene unas propiedades que evitaba que esta se pudriera.-

No sé por qué razón al señor que compra las pieles lo normal es que se le llame peletero pero en Atea se le llamaba quinquillero, y era conocido por él nombre del tío Redín, que procedente de Villafeliche aparecía por las calles de Atea muy de mañana y anunciándose con voz alta su llegada.
¡Quién me vende la piel!
Este señor ponía el precio según viera si la piel era fresca ó muy reseca, a cambio ofrecía dinero pero siempre la cambiaba, por hilos, agujas, ó puntillas, pocas veces daba dinero pues ganaba más con él cambio
Este comerciante llevaba una cesta enorme y dentro de ella todo un sin fin de utensilios y objetos para el trueque con las pieles.-Aparte de esta actividad él tío Redin muchas veces venía acompañado de su mujer, que por lógica la llamaban la tía Redina, y antes de hacerse de día ya estaban por las calles de Atea, gritando en voz alta que tenían churros, producto que tenía mucha aceptación y que las mujeres al oírla salían a comprar los famosos churros.
Cuando acababan de vender la mercancía y la compra de pieles regresaban a Villafeliche hasta el próximo día, pero había días que se quedaban hasta última hora debido a que el tío Redin también era estañador y siempre le salía trabajo en soldar algún objeto, y mientras el soldaba con estaño, su mujer la tía Redina ella se dedicaba a vender hilos y otra mercancías.
Más o menos esta era la actividad del tío Redin, personaje que debería almacenar múltiples vivencias que los años le otorgaron pues no olvidemos sus caminatas de Villafeliche a Atea, comerciante, comprador de pieles, vendedor de churros, soldador, y en las fiestas de San Ramón ponía un tenderete con escopetas de balines para hacer puntería a las bolas, y su mujer la tía Redina otra caseta de feria.

¡¡¡¡¡¡ Tela con el tío Redin. !!!!!

 

La Barbería

Ya que desciendo de una família de barberos (mi abuelo Luís ya lo era), me gustaría hablar y recordar lo que era la barbería del pueblo en los años 1950-60.

La barbería de mi tio Jesús se encontraba justo en el centro de la plaza de la Iglesia. Después de tantos años, el edificio todavía mantenía exteriormente toda su estructura en el verano de 2008, que fue la última vez que lo visité. En la barbería pasé unos cuantos ratos y estos me hiciéron escuchar las más variadas conversaciones y tertulias relacionadas con la vida cotidiana del pueblo, trabajo, cosechas, etc. Cuando salía el tema de que algún personaje tenía la salud deteriorada, solían decir: “vaaaa, pocas perras vale”(la palabra perras quiere decir dinero).

Unas de las cosas que más me llamaba la atención era que el barbero, mi tio, nunca preguntaba al cliente cómo quería que le cortara el pelo. Él conocía a la perfección toda su clientela y sabía perfectamente lo que querían. Jesús era una persona muy dinámica y comercial, que igual te vendía una radio o te hacia un traje a medida. Todas estas cualidades iban acompañadas de un gran humor, pero cuando era peligroso era cundo cogía la máquina de cortar el pelo y ponía la numeración, el 0 ó el 2, rapaba toda la cabeza y tan solo dejaba un flequillo encima de la frente. De esta manera, cuando se colocaban la boina no se veía toda la cabeza pelada. Era el corte de pelo más habitual.

Cuando finalizaba el trabajo en la barbería, también se desplazaba a los domicilios para atender a los abuelos y enfermos.

Normalmente se iba a la barbería una vez por semana, peró algunos clientes iban con más frecuencia. Se abría todos los días, incluidos los sábados, hasta que ya no había clientes, y los domingos por la mañana. El precio por cortar el pelo era aproximadamente cuatro pesetas, dos por afeitado. Una cantidad para hoy dia de risa pero en esa época era normal. También había familias que debido a sus problemas económicos, pagaban con media docenas de huevos o algún plato de judías.

El cura también acudía a la barbería. En esos veranos de los años 60, creo recordar que se llamaba también Don Jesús (sí, el don siempre delante). Con largo vestido negro lleno de botones y entre la mano un evangelio, acudía a afeitarse y cortarse el pelo, con la particularidad que le dejaba afeitada una circunferencia de unos tres centímetros de diámetro en el “cogote”, y que todos los sacerdotes solián llevar. Con la presencia del capellán, se apreciaba que el volumen de la voz de los clientes que esperaban bajaba de tono y las palabrotas se habían acabado.

La fuente vieja

Una fuente centenaria que tarde o temprano está condenada a desaparecer, ubicada en la Plaza del Paso y asentada como si fuera un patriarca con una estructura maciza,  robusta de piedra y con cierto aire arquitéctonico. Por sus dos caños salía agua regularmente. Eso demuestra que su manantial era bueno, pues ni crecia con las lluvias ni le afectaban las épocas de sequía.

Para llegar a ella, había un madero entre las dos paredes que ayudaba para llenar los recipientes, botijos, cubos, cántaros,...  En ambos laterales unas paredes de obra servían de paso para acceder a la fuente.

El agua corría hacia el lado derecho donde había un abrevadero bastante largo en que los animales saciaban la sed y el resto de agua se perdía en el barranco llamado Rigachuelo, que precisamente nacía allí mismo. Este recogía las aguas sobrantes de las dos fuentes, la vieja y otra fuente que estaba enfrente llamada la fuente nueva, y toda el agua de lluvia y tormentas que en algunos veranos eran muy fuertes. Estas aguas bajaban por el barrio bajo, los Homares, y se unían al barranco que venía del puente alto. Por detrás de la fuente, una tapia cerraba parte de la plaza.

A su lado izquierdo había un establecimiento, Casa Mamés, donde se podía comprar dulces, conservas, embutidos e incluso podías salir con unas zapatillas nuevas. De estos establecimientos, creo recordar, había tres: el que mencionamos, Casa Victoriano, tocando a la plaza de la iglesia, y otro cerca del Paso que era del tío Pantaleón y que al morir pasó a ser de su hija Jacinta la propietaria.
Costumbres de Atea allá por los años 55-60:

Nuestro amigo Luis Cebrian, vecino de Valls (Tarragona), pasó parte de su juventud en Atea y ha decidido compartir aquellos recuerdos con nosotros, contandonos las costumbres de Atea por aquel entonces y acompañadas por ilustraciones tambien suyas.

Amigo Luis, este espacio es todo tuyo:

Venta de Terrizas

“Tantas veces va el cántaro a la fuente que llega un día y se rompió”. Es un dicho muy antiguo pero que todavía se puede oír. Habían muchos utensilios de diferentes tipos y medidas que se usaban en las casas para cocinar, transportar agua, tinajas para almacenar aceite y embutidos, etc.

Del pueblo de Vilafeliche, donde había varios alfareros, venían a Atea a ofrecer y vender su producción. Se presentaban con una o varias mulas cargados a tope con un buen entramado de cuerdas, y algún madero y abundante paja, y entre esta objetos de barro como cazuelas, cántaros, botijos, corbetas de varios tipos, etc. Así, lentamente recorrían las calles y plazas.

El trabajo de estos señores era muy duro y pesado sólo apto para hombres curtidos, andando por caminos, pendientes llenas de piedras, y soportando muchas veces tronadas muy típicas en Atea. Sol y viento eran sus compañeros de viaje. En sus pies, un calzado llamado Albarcas confeccionado de goma y adaptado al pie con una simple hevilla. Actualmente hoy nos sería muy difícil andar con este tipo de calzado.

Eran tiempos duros y difíciles y esta era una forma de ganarse el pan y el tocino. Si tenían suerte de vender la mercancía pronto regresaban a sus casas para descansar y preparar otra carga con destino a otro pueblo.

De la parte de Valencia también venían a vender, pero estos eran de más calidad y también más artísticos por lo consiguiente más caros. Ya se desplazaban en carros .

Los textos y los dibujos han sido enviados a esta web por Luis Cebrian

Pregonero

El pregonero del pueblo era normalmente un empleado municipal llamado “aguacil”. Su cometido era estar a las órdenes del secretario del ayuntamiento para cualquier servicio de toda clase. Uno de estos servicios era el de comunicar a los vecinos las noticias de interés público, como por ejemplo el cobro de la contribución, el cobro de pastos a los ganaderos,...

Cuando una persona estaba interesada en que un pregonero diese a conocer una noticia, debía pedir permiso al ayuntamiento y pagar un pequeño impuesto. También el pregonero daba a conocer bandos, noticias o productos que le encargaban los comerciantes que venían al pueblo a vender algún producto, y por ello cobraba un dinero extra.
Hubo un pregonero llamado el tio Tomás que cobraba 0,75 pesetas por echar un bando por todo el pueblo. Cuando le preguntaban el precio, contestaba tres reales, pero todos le daban una peseta –él ya casi que imponía una propina–.
El pregonero o el aguacil tocaba una trompeta para alertar a los vecinos, sonido que todos conocían. De repente, todos los que estaban cerca acudían a su alrededor para escuchar mejor la noticia, las cortinas se corrían y se abrían puertas y ventanas. Acto seguido, empezaba a leer en voz alta la noticia, como si cantara, pero dándole un acento personal. Cuando la noticia era un poco larga y complicada, antes se la escribía en un papel y la leía, pero normalmente la cantaba de memoria. De este modo daba la vuelta al pueblo deteniéndose en 8 ó 10 puntos estratégicos para que todos los barrios y sus gentes se enterasen del comunicado. Por descontado que la abuela sorda se lo tenían que contar tres o cuatro veces.

Aunque lo siguiente es un poco confuso, mirando tiempo atrás se sabe que el aguacil, aparte de pregonero, también debía llevar y recoger el correo todos los días a la estación de Murero, tanto si llovía como si nevaba. De este modo, por la mañana y con la compañía y ayuda de un burro transportaba el correo. Recordar que de Atea a Murero la distancia es de 7 kilómetros. Esta actividad yo puedo confirmarla, ya que lo leí en una entrevista en el Heraldo de Aragón que le hacían a una profesora que se jubilaba, la cual comentaba refiriéndose a la toma de posesión de su primera escuela en Atea lo siguiente: “ caminando detrás de un burro del cartero, el animal cargaba con mi maleta donde iba todas mis pertenencias, aunque aliviada del peso, no puedo olvidar aquellos kilómetros a través de la nieve ”. La maestra se llamaba Bondad Galve y era la directora del colegio Gascón y Marín cuando se jubiló.

Yo solo recuerdo del aguacil que se llamaba Ángel Luzón y éste ya se desplazaba con un triciclo o un iso-carro. Creo que este señor vive en Madrid, y desde Valls le envío un fuerte abrazo.

El Horno

El horno que yo conocí estaba ubicado en la calle de Carrapuerto muy cerca de El Paso. Por aquella época el panadero se llamaba Paquito y cada mañana a primera hora cocía su producción de pan que después vendía su madre, la sra. Ramona, en la planta baja de su casa, que estaba justo delante del Ayuntamiento.

Como el horno era de leña, Paquito tenía a sus proveedores, que le traían la leña de la sierra o del monte, en unos mulos cargados cada uno, con seis fajos. Al animal le ponían atado a su cuerpo una albarda (un soporte para que la carga no le hiciera daño). Su precio por una carga oscilaba entre las 6 y las 8 pesetas. Cargados a tope estas caballerías daban la sensación de que un bulto caminaba solo.

Me comentó Paquito que durante un tiempo el pan blanco estaba prohibido, debido a que todo el trigo que se recolectaba se debía llevar a la delegación del trigo donde el gobierno lo compraba y también ponía el precio. O sea, que lo que se hacía era de estraperlo y el molinero como el panadero estaban implicados. De vez en cuando aparecía un inspector del gobierno para vigilar que se cumplieran las órdenes.

Suerte que este señor venía en una moto con un ruido excepcional, y al oírlo escondían el pan en lugares insospechados

Pasada esta época casi en todas las casas sembraban trigo y así tenían harina y podían producir pan. La mujer de la casa, el día antes, amasaban la harina en la Artesa , (especie de cajón de madera con patas) para que la masa tuviera unas horas de fermentación. Al día siguiente, casi de madrugada, con todo lo necesario se presentaban en el horno para ser las primeras en la cocción.

Como la hornada que hacía Paquito era de varias personas, para no confundir los panes cuando salían del horno, marcaban en la pasta tierna una señal, que podía ser un pellizco o unos cortes de cuchillo. De esta forma se acabaron las discusiones. .

Con el pan en las casas, se colocaba en un lugar apropiado, seco, oscuro y tapado con una manta, así el pan se mantenía, pudiéndose comer perfectamente entre 10 y 12 días (no me equivoco en decir 10 o 12 días por no decir más)

El día que se iba al horno algunas veces se preparaban unas madalenas, galletas, tortas y mostachones (la pasta de las madalenas puesta encima de un papel).

También era normal llevar a asar una cabeza de cordero, complementada con unas patatas, plato muy típico en cualquier pueblo de Aragón y Atea no es una excepción.

Los Fiemos

La preocupación de la sociedad actual y que la prensa, radio y televisión, no paran de decirnos que debemos reciclar los desperdicios que se originan en las viviendas.
Aunque eran otros tiempos, nuestros abuelos aquellos que una gran parte de ellos su escritura y su lectura era muy deficiente, pero una gran cultura en aprovechar todo y darle un servicio, ellos lo reciclaban todo, ejemplo que le hemos dado la espalda durante muchos años.
Hoy todas las casas de nueva construcción, las apareadas, las individuales tienen en su interior un espacio para jardín o un patio, Las casas de Atea también lo tienen pero estas zonas las usan como corral, lugar donde tenían los animales, cabras, conejos, gallinas, cerdos, mulas etc. fauna que generaban mucho estiércol y que junto al que se hacía en las casas, se almacenaba en un rincón del corral donde estos desperdicios fermentaban.

Cuando el volumen de fiemos ya era considerable, estos se sacaban para llevarlos a las tierras de cultivo, estas lo agradecían porque era un fertilizante, abono y nutriente muy bueno para los campos. Se colocaba en la puerta de la casa una mula apareada con unos serones encima de su lomo, (los serones eran como dos capazos enormes unidos que colgaban a ambos lados de la mula) Como las puertas debían estar abiertas las gallinas del corral se daban una pequeña excursión por el barrio. El olor no era agradable, pero natural.

Como curiosidad diré que cuando una mula hacia sus necesidades al paso por la calle, estos excrementos o sea los “moñigos” rápidamente se recogían, y había una norma ó ética que estos le correspondían recoger a la vivienda más próxima, si venía a recogerlos la vecina de la punta de la calle ,era mal visto y la discusión era inevitable.

Estos fiemos lo llevaban a las tierras del término municipal de Atea, y haciendo memoria, (seguro que me dejare varias) son las que tengo en mi poder:
El Cantador.-Valverde.-El Rayo.-La Carrascosa.-Camino de la Virgen.-Matallana.-Valderregacho.-Las Canalejas.-Carradaroca.-Camino del Orcajo.- CarraMontón.-Camino de Villafeliche.-La Virgen del Pilar.-Santa Bárbara.-San Gregorio.-Peirón de los Santos.-La Nava.-El Pradillo.-Valtriguera.-Gabardilla.-Valdecarrapuerto.-Valdecerralbo.-El Val.-Los Olmares.-La Isilla.-La Virgen de Semón.-Isuela.-La Plana.-El Cerro de Mingo Martín.-Valdegríma.-Valdeazarroyo.-Cerro La Guillamón.-Las Paradillas.-Fuente de la miel.-Las Acequias.-El Valladar.-El Odenzo.-El Sace.-Piedra de la Virgen.-El Perdonal.-El Valladar.-Hoya Dezos.-Puente de Lázaro.-Los Peronales.-

Siento muchísimo no poder explicar la procedencia el origen, del porqué se les llama con este nombre.-porque no lo sé, pero seguro que deben tener un motivo para recibir estos nombres.

Mujeres cosiendo

Una vez acabados los trabajos de la casa y cuando en el campo los hombres no necesitaban su ayuda, las mujeres salían en sus tardes libres a la calle a coser y a otros menesteres en compañía de otras vecinas.
En cada barrio o plaza había el grupito normal de mujeres que se reunían en un lugar ya habitual, que podía ser detrás de una pared del corral o en el interior de la casa, buscando siempre el sol en invierno y la esquina o calle donde corriera un poco de aire en verano.
Con una habilidad enorme, las mujeres hacían pedugos (calcetines), jerseys y cosían la ropa. Las señoras más jóvenes, con mejor vista, confeccionaban unas puntillas de verdadera filigrana utilizadas para adornar su ropa para su boda o bien para otras prendas. El ruido de los bolillos amenizaba las conversaciones del grupo.
Los chavales llevábamos unos jerseys de varios colores confeccionados por las abuelas. Parecíamos payasos del circo. No es que siguiéramos la moda, sino que eran prendas realizadas por trozos de lana sobrante de otros. Y es que se aprovechaba todo, no se tiraba casi nada. Fácilmente un jersey podía tener las mangas grises, la parte delantera azul y el cuello negro.
En las noches calurosas de verano, los vecinos después de cenar cogían la silla y salían a la calle para descansar y disfrutar del frescor de la noche, con largas tertulias entre la gente mayor. Los mozos, los jóvenes, se reunían en El Paso. Debido a su juventud y energía, éstos siempre estaban dispuestos a pasarlo bien y pensar en hacer alguna broma.
Me comentaron que una noche los jóvenes más atrevidos se desnudaron y corrieron por varias calles, amparados en la oscuridad de la noche. Al pasar por delante de un grupo de vecinos, se picaban con la palma de la mano en el trasero para demostrar que iban en porreta. Al día siguiente, el comentario y las risas eran populares en todo el pueblo. Otra broma fue que en una noche cogieron todas las macetas que pudieron de las ventanas, portales y balcones, y las colocaron en medio de la plaza El Paso. Con esta broma se armó un buen lío.
Así de sencillo, con una convivencia compartida, simple, sencilla y divertida vivían nuestros abuelos en una sociedad sana; sociedad que tristemente cada día se está deteriorando más...

La lavandería

A veces escucho comentar entre las mujeres que están súper cansadas porqué han llenado tres lavadoras de ropa. Entonces uno se para a pensar y recuerda a nuestras madres y abuelas en aquellos tiempos en los que Atea no tenía lavaderos públicos, por lo que tenían que desplazarse a los lugares donde el agua corría, es decir, en los barrancos, que normalmente estaban separados del núcleo urbano.
Una de las zonas que frecuentaban las mujeres para lavar la ropa, o fregar los utensilios de la cocina, era el agua de la unión de dos barrancos. Uno venía de la partida del Rayo y el otro de la zona de la Matallana, los cuales se unían a la altura de la ermita de Sta. Bárbara. Esta agua pasaba por el puente Alto, seguía luego por el puente Bajo, se enfilaba por detrás del barrio bajo y se perdía por la zona del Odenzo (y yo también ya  me pierdo de donde iba a parar esa agua). Cuando pronuncio el Odenzo, siempre me acuerdo del huerto que tenía el tío Victoriano, con unos árboles frutales de peras. Nunca más he comido peras tan buenas como aquellas. También en esta zona había un manantial de agua donde las mujeres se desplazaban a lavar.
Todo este recorrido del barranco, al estar tocando al pueblo, su acceso no tenía problemas y las mujeres lo frecuentaban con frecuencia. También por la parte de la Isilla, el agua venía de las zonas de la Rambla de Gabardilla y Valtriguera, y era limpia y abundante. Se perdía dirección a la Virgen de Semón. Las mujeres que vivían por esa zona la utilizaban para lavar y también supongo que en algunos huertos donde tenían agua embalsada la utilizaban para fregar o lavar la ropa.
En aquellos inviernos duros, crudos y duros como los de antes en que las nevadas eran copiosas, nuestras abuelas, aparte de desplazarse hasta el barranco cargadas, se arrodillaban en el suelo tan solo con la ayuda de una losa o piedra plana, y a golpe de riñón “dale que te pego”. Muchas veces tenían que romper el hielo para lavar lo más imprescindible.
Estas señoras lo primero que lavaban eran las sábanas y, una vez acabadas, las extendían encima de los juncos. De este modo, mientras lavaban el resto, estas sábanas ya escurrían parte de la humedad y no pesaban tanto para el viaje de regreso. El jabón que utilizaban para lavar era casero, pues en todas las casas se hacían el jabón con un sistema que pasaba de madres a hijas. Para ello, utilizaban aceite de conserva, sebo de cordero, sosa, agua y polvos de lavar.
Sé que aquellos eran otros tiempos, pero quiero dejar constancia y destacar la fortaleza de nuestras madres y abuelas.

Espigando

Los campos del entorno de Atea, se vestían de varias tonalidades de amarillos y ocres haciendo que el paisaje sea de una belleza espléndida, y que estos dorados nos dicen que el sembrado está suficiente maduro para ser cortado.
Los segadores bajo la atenta mirada de un sol brillante y un calor sofocante, a golpe de la hoz y también de riñón, van segando sin parar, poniendo los puñados de espigas al lado donde su compañero los adjunta haciendo fajos y los ata. Otras manos los cogen y los lleva hasta los carros para ser transportados hasta las eras.
Todo este proceso daba paso a que se dejara alguna espiga por cortar y otras quedaran sueltas y abandonadas. Las mujeres siempre estaban alerta y cuando los segadores terminaban de segar, después de hacer las faenas de la casa, siempre sacaban tiempo para desplazarse hasta el lugar para espigar, o sea recoger las espigas desperdigadas por el terreno.
Con el pañuelo en la cabeza, para protegerse del fuerte calor, unas alpargatas negras y cosidas de suela de goma, un poco ya deterioradas, pues el andar por encima de los rastrojos se estropeaban fácilmente, y las nuevas había que guardarlas para otras ocasiones. Así iban recorriendo por las piezas de trigo segado recogiendo las espigas sueltas haciendo unos grandes manojos y en sus piernas algún que otro rasguño. Espigas que servían para el complemento de la comida para las gallinas, que en todas las casas tenían en los corrales para tener huevos frescos y carne.
También había una norma que se respetaba al máximo, de que nadie entraba en un sembrado a recoger espigas si éste no estaba segado. Había propietarios que se les tenía que pedir permiso para espigar en sus terrenos y dar su consentimiento, pero en la mayoría no era necesario este permiso, pues se entendía que las espigas abandonadas eran muy pocas.
Todo esto hace 60 años era normal y habitual en la mayoría de las casas, pero hoy año 2010 si lo tuviéramos que hacer o nos lo mandaran, ser perdería toda una tarde, desplazándose a pie, aguantar el sol, caminar por el rastrojo, acachándose una y otra vez para recoger la espiga, con cara de sorpresa y, haciendo una mueca, diríamos VETE A ESPIGAR.

La Fuente Nueva

Justo al empezar la calle de Carrapuerto, en una zona verde propiedad de Martín Lorente, se alza una majestuosa y centenaria acacia que con su follaje da sombra y vistosidad a la fuente Nueva. Fuente y acacia viven en harmonía desde hace muchas décadas, haciendo que la plaza del Paso presuma de un punto muy pintoresco.
Dicha fuente recibe el nombre de Nueva ya que su instalación fue posterior a la fuente Vieja, la cual está ubicada en la otra punta de la plaza tal y como dijimos en un escrito anterior.
La fuente está compuesta por un tronco de hierro de unos dos metros de altura. Tiene varios relieves o molduras y dos caños adaptados de donde el agua, de manera generosa, no para de fluir. Todo su entorno estaba cerrado en circunferencia por una pequeña pared de obra, utilizada en muchas ocasiones para sentarse o dejar los botijos.
El fluido era el mínimo en los meses de verano, aunque con las primeras tormentas de otoño, éste se recuperaba notablemente durante todo el año. Con estas tormentas, el agua salía muy sucia debido a la gran cantidad de tierra que arrastraba, aunque pasados un par de días volvía a estar de nuevo limpia.
El manantial de esta fuente proviene del barranco de Gabardilla. En los años prodigiosos en lluvias, su canalización se reventaba por la calle de Carrapuerto, cuyos vecinos para aprovecharse construían una especie de embalse para lavar sus utensilios de la casa y ropa menuda durante los meses de octubre a mayo.
Conversando con el tío Emiliano, este “mozico” de 96 años, me dijo que esta fuente siempre él la había visto en el lugar que está. Con esta referencia, entendemos que se debería instalar a principios de 1900.
Tengo que destacar la fuerza, el genio y la habilidad de las mujeres para transportar el agua. Entre el pozal, el botijo y el cántaro debería sumar una cantidad alrededor de 25-30 litros de agua, que diariamente tenían que llevar a sus casas para las necesidades del día y dar de beber a los animales del corral que había en todas las casas. En algunas ocasiones se necesitaba más agua, por lo que la mujer tenía que hacer otro viaje a la fuente.
Mientras se llenaban los utensilios en la fuente, las mujeres se explicaban sus penas y alegrías. Las jovenzuelas también daban tiempo para que su pretendiente se acercase a conversar un rato.
Actualmente, el entorno de la fuente ha sido modificado. Pero yo he querido dibujarla tal y como la viví y la disfruté, pues a su alrededor jugué, me sacié la sed y desde luego me mojé más de una vez en compañía de los demás chicos en la ya pasada y lejana juventud.

 

Plato Único

Cuando era mediodía los hombres dejaban su trabajo y regresaban a casa a donde como cada día les esperaba la comida que previamente su mujer había preparado.
La comida que se preparaba casi siempre estaba compuesta por productos de la cosecha propia, judías, garbanzos, patatas, frutas, huevos, carne de los animales del corral, leche etc. Solo se iba a la tienda en contadas ocasiones para comprar lo más imprescindible.
Era normal que en la mayoría de las casas que en la hora de comer ponían solamente una fuente llena de comida en el centro de la mesa y cada uno de los presentes con la ayuda de una cuchara de madera cogían directamente el alimento del recipiente,
Con este procedimiento se conseguía no ensuciar los utensilios de la cocina y así tener que fregar poco y con poca agua, si tenias sed te acercaban el botijo y los mayores que bebían vino lo hacían directo de la bota, así pocos vasos y vasijas ensuciaban. Estas comidas tenían un sabor especial pues las cocineras cocían la comida y el segundo plato ó sea la “Tajada” todo junto y esto le daba un sabor y un gusto mucho más denso.
La carne o tajada que más o menos siempre había en la fuente la mujer ya la repartía poniendo la más grande al lado del hombre, los chavales también tenían alguna preferencia y la mujer siempre se quedaba con las más pequeña.
Esto era lo más habitual, pero en las familias más pudientes y en casa de algunos ricos que ya tenían criada, cada uno ya comía en platos individualmente.-Los domingos y fiestas señaladas, en que la comida era un poco más amplia y rica también se usaban ya los platos,
No deja de ser curioso como interpretaban nuestros abuelos en hacer las cosas simples y sencillas, Y ahora después de 80 años descubrimos el” plato combinado “Los tiempos cambian y también en la forma de alimentarnos, tenemos platos de diseño, comida pre-cocinada, una gran variedad de congelados de toda clase,
Pero estoy convencido que más de uno recordara aquellas patatas con abadejo a
Fuego lento, con leña del campo y en una cazuela de barro, que encima de unos trébedes
Las abuelas vigilaban. Ó simplemente una sardina “roñosa” con pan y un buen trago de vino, eh!.

El Peirón del Barrio Nuevo

Actualmente, al final de las calles o en el centro de las plazas, los arquitectos o los ayuntamientos colocan una escultura de algún personaje importante, fuentes, zonas ajardinadas y también alguna construcción ornamental que armonice el entorno.
Hace ya muchos años, cuando la religión estaba muy presente en la población, se colocaban en estos lugares algún símbolo o monolito referente al cristianismo. Durante muchos años, estuvo presente en Atea, concretamente en el Barrio Nuevo, un peirón que reflejaba la fe y el poder de la iglesia.
Era una construcción que, sobre una base circular, descansaban tres peldaños escalonados de piedra maciza. Sobre éstos, se alzaba una columna en que en su parte final resaltaban los apóstoles en relieve, finalizando con una cruz.
El peirón era el punto de referencia de muchas procesiones. En semana Santa se iba desde la iglesia al peirón; supongo que al llegar el sacerdote debía decir alguna oración o lectura de los episodios del evangelio. En otras ocasiones cuando se salía en romería o en procesión a alguna ermita o punto lejano del pueblo y el tiempo no era bueno (llovía, viento, frío), se suspendía la salida, siendo el peirón de Barrio Nuevo quien suplía este desplazamiento.
A lo largo de los años, el estado de deterioro del pairón y observando que era un peligro para los críos ya que subían en su alto para jugar, se decidió lo más fácil: sacarlo y así eliminar posibles accidentes. Acabaron rápido con el problema, sin pararse a pensar que este pairón emblemático formaba parte del barrio y de la cultura e historia de Atea.
Respecto al Barrio Nuevo, casi todos los pueblos crecían alrededor de la iglesia. Como Atea seguía creciendo en habitantes (según me comentó Saúl Herrero, este pedazo de ateano de pura cepa, en el año 1910 Atea tenía 1.295 habitantes), se necesitaba crear nuevas zonas para hacer casas. Creo que por este motivo se formó el Barrio Nuevo, tal y como su nombre nos da a entender.
De todo esto ya ha pasado muchas tormentas, nevadas, heladas y veranos calurosos. Pero esas piedras, esos relieves, esa cruz ¿dónde estarán? Perdidas o enterradas posiblemente no.