Espigando

Los campos del entorno de Atea, se vestían de varias tonalidades de amarillos y ocres haciendo que el paisaje sea de una belleza espléndida, y que estos dorados nos dicen que el sembrado está suficiente maduro para ser cortado.
Los segadores bajo la atenta mirada de un sol brillante y un calor sofocante, a golpe de la hoz y también de riñón, van segando sin parar, poniendo los puñados de espigas al lado donde su compañero los adjunta haciendo fajos y los ata. Otras manos los cogen y los lleva hasta los carros para ser transportados hasta las eras.
Todo este proceso daba paso a que se dejara alguna espiga por cortar y otras quedaran sueltas y abandonadas. Las mujeres siempre estaban alerta y cuando los segadores terminaban de segar, después de hacer las faenas de la casa, siempre sacaban tiempo para desplazarse hasta el lugar para espigar, o sea recoger las espigas desperdigadas por el terreno.
Con el pañuelo en la cabeza, para protegerse del fuerte calor, unas alpargatas negras y cosidas de suela de goma, un poco ya deterioradas, pues el andar por encima de los rastrojos se estropeaban fácilmente, y las nuevas había que guardarlas para otras ocasiones. Así iban recorriendo por las piezas de trigo segado recogiendo las espigas sueltas haciendo unos grandes manojos y en sus piernas algún que otro rasguño. Espigas que servían para el complemento de la comida para las gallinas, que en todas las casas tenían en los corrales para tener huevos frescos y carne.
También había una norma que se respetaba al máximo, de que nadie entraba en un sembrado a recoger espigas si éste no estaba segado. Había propietarios que se les tenía que pedir permiso para espigar en sus terrenos y dar su consentimiento, pero en la mayoría no era necesario este permiso, pues se entendía que las espigas abandonadas eran muy pocas.

Los textos y los dibujos han sido enviados a esta web por Luis Cebrian
Todo esto hace 60 años era normal y habitual en la mayoría de las casas, pero hoy año 2010 si lo tuviéramos que hacer o nos lo mandaran, ser perdería toda una tarde, desplazándose a pie, aguantar el sol, caminar por el rastrojo, acachándose una y otra vez para recoger la espiga, con cara de sorpresa y, haciendo una mueca, diríamos VETE A ESPIGAR.